El señorito

Mi abuela paterna se fue a servir a Segovia. Decía que no quería quedarse en el pueblo para no tener que trabajar en el campo, porque había hombres muy sinvergüenzas. Lo que ganaba se lo hacía llegar a sus padres a través del cobrador que viajaba en La Serrana (el autobús). 

Las hermanas de mi abuela materna se fueron a servir porque la pobreza había consumido los últimos hilos de la supervivencia, los que sujetaban el alimento. A través del catalejo de aquella sociedad de posguerra se veían hijos e hijas hambrietos, la dureza del campo, el silencio que hacía enfermar sobre todo a las mujeres, la oscuridad y la resignación, y una resiliencia nada romántica que lo carcomía todo. 

Seguro que vuestras antepasadas también fueron a servir, seguro que vuestras madres y abuelas os han contado historias nada fáciles de narrar. Muchas mujeres durante la dictadura escaparon de las zonas rurales en busca de un futuro, para ellas y su familias. No hace mucho cayó en mis manos la investigación de la profesora Eider de Dios Fernández: "Sirvienta, empleada, trabajadora de hogar. Género, clase e identidad en el franquismo y la transición a través del servicio doméstico (1939-1995)". Entonces puso contexto a los relatos que me habían contado las mujeres de mi vida o a los testimonios del documental de la directora Patricia Hernández Guerrero: 'Las que fueron a servir'donde visibiliza la historia de ocho mujeres que tuvieron que abandonar sus pueblos huyendo de la pobreza rural, sufriendo en sus destinos, como empleadas de hogar, situaciones de abuso que hoy recuerdan, contribuyendo con ello a la memoria feminista.

Hay una historia que se publicó en el libro 'Luchadoras', escrito por Jorge Carrillo Menéndez, que narra la vida de María Alivio Ménendez, la abuela del autor. Esta mujer fue violada por "el señorito" en la casa donde trabajaba y como consecuencia nació su hija Carmen. María Alivio reveló el secreto a su nieto pocos días antes de morir. Y su nieto lo convirtió en libro para que el terrible testimonio de su abuela y el de tantas otras mujeres anónimas no cayera en el olvido. 

Al otro lado del horror existen movimientos que denuncian los abusos, visibilizando y luchando por los derechos de las empleadas del hogar, como el colectivo Territorio Doméstico.  En el documental "Territorio Doméstico: politizando las ollas, las calles y los delantales", de Mayo Pimentel, se "relata la historia de cómo un grupo de mujeres, empleadas del hogar, llegadas a Madrid desde diversos rincones del Sur del mundo, se unen para formar el colectivo feminista Territorio Doméstico". Miro a estas mujeres y pienso: ¿Y si mi abuela, y las otras abuelas que fueron a servir, se hubieran sentado en ese círculo? Que habrían terminado presas. Sin embargo, veo este documental y me las imagino acuérpandose. No lo puedo evitar. 

El artículo de Henrique Mariño en Público sobre "el infierno de las empleadas del hogar víctimas de abusos sexuales", cometidos por "los señoritos", aprovechádose de la situación irregular de las mujeres, es sobrecogedor. El reportaje muestra cómo estos depredadores se valen de la vulnerabilidad de las empleadas para ejercer su poder más repulsivo. Por eso, es tan importante encontrar espacios seguros donde las mujeres puedan denunciar y acompañarse. El feminismo es el salvoconducto. 

El feminismo promueve redes de mujeres para reivindicar sus derechos. El feminismo visibiliza las injusticias, los abusos, la explotación y señala al opresor. El feminismo no se pone de perfil, es valiente y defiende a las víctimas. El feminismo da voz, poder y dignidad a las mujeres. 

Cuántos señoritos siguen abusando de las empleadas que trabajan en los hogares, aprovechándose de su poder. Cuántos señoritos siguen perpetuando la violencia machista anclada en una estructura patriarcal, atrevesada por la clase social, que se va reinventando para sobreponerse a la evolución de los tiempos. Ahoras las mujeres abusadas son migrantes en situación irregular que buscan un futuro mejor para su familia. Cuántos julios iglesias encierran en su jaulas de oro a mujeres vulnerables. Cuántas redes poderosas se despliegan para mantener su impunidad y seguir abusando a sus anchas. Y lo más escalofriante, cuántas personas siguen protegiéndoles y justificándoles. 


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