He llegado a pensar que el mundo no se merecía ni un amanecer más. Cuando lo que duele no es el cuerpo da hasta rabia que nos adelante la vida. Una conocida me decía que tras la muerte de un ser querido se había enfadado con la rutina, que no entendía esta distancia de la vida con su sufrimiento. Las calles, las celebraciones, las fábricas, todo, absolutamente todo continuaba su ritmo. Daba igual la desgracia, el tormento o el hecho traumático, porque siempre amanecía.
Este hecho, perder a un ser querido, que puede ser sin duda una vivencia traumática, no deja de ser una herida personal o familiar que afecta a un entorno muy cercano, y por tanto, el deseo de aplazar los amaneceres se quedaría reducido a un sentimiento privado. A un duelo íntimo. A veces hasta incomprendido.Sin embargo, mi pensamiento va más allá, ese deseo trasciende de lo particular hasta alcanzar una reflexión colectiva. A lo largo de los últimos meses, personas de mi entorno (en el que me incluyo) y fuera de él llevamos experimentando desaliento, tristeza, desesperanza, desánimo, abatimiento, decepción, derrota, consternación. Toda esta amalgama de sentimientos nos incapacita para reconocer un contexto que creíamos tener bajo control. Como si estuviéramos atravesando un duelo raro. Como si la pérdida humana fuéramos nosotras mismas. Como si lo íntimo ya no importara, porque al desprendernos de toda resistencia el duelo ya es público.
Y con esta herida profunda en un mundo cada vez más encabritado hemos normalizado hasta los momentos extraordinarios, será porque los amaneceres nos caen del cielo, como otras tantas cosas que creemos conseguidas. Que no, que no nos merecemos este milagro. Ha saltado por los aires el camino que habíamos construido con todos los valores heredados de nuestros antepasados. La historia ya no es autoridad suficiente para pensar en enmendar errores presentes y futuros. Con incredulidad comprobamos cómo el mundo se derrumba ante nuestros ojos, mientras una crisis humanitaria global nos lleva a la desesperanza.
Cuando se premia la crueldad, cuando no se condena un genocidio, cuando se ridiculiza la bondad, cuando se permite el insulto, cuando se niega la violencia de género, cuando se pisotean los derechos humanos, cuando se pierde la memoria histórica, cuando impera la mentira, cuando se pone en tela de juicio el Estado de Derecho, cuando el fascimo se contempla como opción política, cuando se deshumaniza sin piedad, ¿qué nos queda?
Creo que tras la pandemia empezó a constituirse otro orden mundial que contradecía el discurso épico y solidario que se había tejido en los peores momentos de la crisis. Después de aquello todo se precipitó. La épica, la solidaridad y los aplausos en realidad no anunciaban un ‘vamos a salir mejores’, sino la despedida del pacto social. Todos aquellos valores humanistas que nos transmitieron nuestras familias se han devaluado tanto que solo percibimos su halo. Ahora el bien y el mal parecen el mismo borrón. Vivimos con desconcierto un cambio social que muchas personas ni entendemos, ni compartimos. Con el legado de nuestros ancestros y el manual de clase trabajadora vamos sobreviviendo a un presente histriónico, sin reglas, sin humanidad, sin rumbo.
Pertenecemos a una generación que anhela líderes honestos y sensatos, con líneas rojas en sus discursos, denunciando injusticias, y defendiendo los derechos humanos y el Estado de bienestar. Lo gritamos en las calles. Apelamos a la democracia. Nos agarramos a nuestra memoria. Sin embargo, el odio se ha proclamado dominador de un mundo en descomposición, taponando cualquier grieta que posibilite la entrada de luz.
Y por todo esto no sé por qué demonios la humanidad se merece un amanecer más. Sin embargo, a pesar de todo, amanece.
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