Las palabras que salvan a las mujeres


A estas alturas todavía hay que recordar a algunos dirigentes políticos, como Borja Sémper, que las palabras importan. Él lo sabe mejor que nadie. Sin embargo recurre al juego de las palabras para creerse su propio engaño. Utiliza las palabras para justificar uno de los puntos que cierran un pacto político indecente entre PP y VOX en la Comunidad Valenciana. Las palabras pueden ser reveladoras, aclaratorias, dialogantes, pero también pueden ser manejables, interesadas y torticeras. 

Las palabras se dejan hacer, parecen inocuas porque no duelen en lo físico, pero consiguen algo peor: penetrar en los cráneos blandos para clavar mentiras, sembrar dudas y abrir falsos debates. "Más importante que la denominación es no dar un paso atrás", decía a los medios Sémper, dejando a la violencia machista fuera del acuerdo, mientras días atrás aseguraba que "alguien que es un maltratador y que ha sido condenado por maltrato no es alguien que se debiera dedicar a la política". Y ante esto qué hacemos las feministas, ¿encogernos de hombros? ¿Y las víctimas? ¿Qué hacen las víctimas? 

Algunos interlocutores manejan las palabras utilizando su poder, su altavoz, y el de las palabras, para retorcerlas contra las mujeres. Con sus actos demuestran que el fin justifica los medios, aunque eso suponga sacrificar derechos adquiridos, aunque eso suponga que las mujeres importemos la nada ¿Cómo se puede hablar de algo que no tiene nombre? En ese medio que pervierten para conseguir el fin se silencian palabras que estorban, que ponen en peligro el posible "éxito electoral", por eso la violencia machista incomoda, por eso el feminismo levanta ampollas, por eso es mejor no nombrarlo. "A ver si la sociedad se traga este cuento, se olvida y seguimos con lo nuestro", como si les estuviera oyendo, reconociendo un letargo social insalvable y bendiciendo su anestesia, gracias al trabajo de algunos medios panfletarios. 

Habría que preguntar a estos políticos que hablan de "la inocencia de las palabras", con cinismo e irresponsabilidad, que de qué lado están, si con las víctimas o con los verdugos, porque no hay grises en el cumplimiento de los derechos humanos. Se defienden o no. El fin es su lucha, y se nombran, porque así lo han hecho ya desde hace años organismos internacionales, porque así se recoge en la legislación, porque los derechos humanos no se debaten, ni aceptan trampas lingüísticas, ni excusas, ni justificaciones, ni contradicciones, ni gestos de perfil. Las palabras importan porque las víctimas se agarran a ellas para salvarse. 

Este hilo en twitter de la periodista Laura Cornejo, dedicado a las últimas declaraciones del portavoz nacional del PP, Borja Sémper: "Te cuento, Borja, porque de esto yo ya algo puedo decir. En Castilla y León se eliminan bonificaciones por contratar a víctimas, se las insulta en el Pleno diciendo que usan denuncias para quedarse con la custodia de sus hijos y El Parlamento convoca minutos de silencio cuando asesinan a una mujer por "trágica muerte", por "la mujer muerta" y cositas así. El día internacional contra la violencia de género el Parlamento ya no se ilumina en violeta, ese día no existe, ¿sabes Borja? Eso son pasos atrás. Pero bueno, qué te voy a contar yo a ti de pasos atrás, si sabes más que nadie, Borja", describe la crudeza con la que se está viviendo el pacto de la extrema derecha con el PP en Castilla y León, comprometiendo los derechos de las mujeres.

"Conceptualizar es politizar, es pasar de la anécdota a la categoría", decía la filósofa Celia Amorós: "Es pasar de los casos aislados a fenómenos estructurales, como es la violencia patriarcal". Fue determinante politizar la violencia de género, ponerle nombre, porque así se puede ir a la raíz, explicar el problema, legislar con rigor e implementar actuaciones para salvar vidas. También nos recuerda el valor de las palabras este texto de la filósofa Ana Carrasco - Conde, bajo el título "El perverso arte de no llamar a las cosas por su nombre". "No llamar a las cosas por su nombre es hacerlas invisibles, ocultarlas y desposeerlas de la posibilidad de enmendarlas", escribe. 

A lo mejor a Borja Sémper no le gustó escucharse mientras hablaba de "la denominación de los conceptos", quizás se repetía una y otra vez para tranquilizarse que las palabras se las lleva el viento, quizás pensó que nadie le estaba escuchando, a lo mejor era un ventrílocuo, a lo mejor fue culpa de su memoria de pez, quizás por eso se olvidó de lo importante que son las palabras.

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