Las plantas y yo no conseguimos entendernos. Por eso no suelen dejarme a su cuidado. Me ven como una amenaza para su supervivencia. Un poco de frustración sí siento, y mira que he intentado ganarme su confianza, pero me veo inútil intentando mimar a unos seres que necesitan de nuestras manos y un buen criterio para vivir. Me gustaría que no fuera así. Experimento cierta envidia cuando me dicen algunas personas que cuando hablan a las plantas sienten alivio. Ojalá, en mis horas bajas, las plantas fueran mi salvavidas, el termostato de la ansiedad, el regulador de pensamientos, la calma y hasta un pañuelo de lágrimas, pero no es así, nunca lo ha sido. Para mi madre, sin embargo, las plantas son una terapia a la que se ha agarrado desde siempre. Las plantas han acompañado sus duelos, sus reflexiones, sus inseguridades, sus miedos, su soledad.
Un día le conté a mi madre que una conocida se encontraba baja de ánimo y me dijo que hablase con las plantas, que las cuidara. Como si las plantas fueran a contestarla. Entonces pensé en cómo las plantas se convierten en seres imprescindibles para algunas personas, sobre todo para las mujeres. Esa relación simbiótica aporta paz, añade propósito a la vida, propociona hábitos que justifican el día. A mi madre la he descubierto más de una vez hablando con las plantas, haciendo pausas para escuchar una respuesta y después ponerme al día de sus vidas con total admiración. Hago el esfuerzo por seguir el relato, pero enseguida pierdo interés por conocer los entresijos de estos vegetales que crecen alegres en el salón de la casa de mi madre.
Hace años mi madre me dijo que echara un ojo a los tiestos de su casa y me obsesioné con regarlas demasiado, así que alguna ese verano murió ahogada. Después del desastre me puntualizó que era mejor quedarse corta de agua que regarlas demasiado. Me pudo el exceso. Creo que tuvo la culpa mi falta de paciencia. No hace mucho me lancé a trasplantar un cactus, le alojé en una maceta más grande, pero me ocurrió lo mismo, me pasé de riego y también lo maté. Las plantas mueren conmigo. No sé si es una maldición, el destino, o simplemente falta de afinidad.
El primer día la observé detenidamente y pensé que tenía una oportunidad para demostrar que sí sabía cuidar plantas. Esa mañana, la primera de nuestra convivencia, toqué la tierra para comprobar si necesitaba agua. Me acordé del consejo de mi madre y prometí regarla solo una vez, solo después de tocar la tierra. Se me ocurrió cortarla las hojas secas. Como un acto reflejo recorté los restos muertos con cuidado, revisando minuciosamente cada rama, con un esmero impropio de mí. Pensé en lo que me dijo mi madre y en los beneficios que reporta a la mente una actividad tan sencilla y mecánica. Quizás mi madre esté en lo cierto y el desánimo se pueda vencer compartiendo un rato con las plantas.
Levanto la vista y ahí está, espléndida, sin hojas secas, con el agua justa. Le brillan tanto las hojas que parecen artificiales. Siento un orgullo raro, puede que hasta alivio. A veces paro de escribir en el ordenador y me quedo pensativa, contemplando su anatomía. No hay nadie más en el despacho, ella y yo, compartiendo todo el calor del verano. En esa observación consciente reparo en aspectos que pueden aportarla bienestar: necesita una maceta más grande, porque ha crecido, necesita abono. Necesita menos soledad. Quizás sería más feliz cuidando plantas.
Yo que siempre había infravalorado el poder de las plantas, y resulta que el arte y la cultura, han mirado siempre en su interior. En este bello poema de Rosalía de Castro 'Dicen que no hablan las plantas' veo a mi madre y me conmueve, porque leyendo estos versos me arrepiento de haber banalizado la relación de mi madre con las plantas.
Sin embargo, el interés histórico de las mujeres por las plantas va más allá de los cuidados. En realidad han sido grandes aliadas. Fui muy consciente de esta simbiosis cuando visité en 2024 la exposición 'Ellas ilustran botánica' en el Real Jardín Botánico de Madrid. Una muestra que visibilizaba el trabajo de las pioneras en la ilustración botánica y el de ilustradoras contemporáneas: "La ilustración botánica femenina ha permanecido igualmente en un segundo plano, cuando no en un completo anonimato porque hasta avanzado el siglo XVIII el papel que a la mujer se le daba en cualquier faceta relacionada con la botánica se limitaba al cuidado de las plantas".
La exposición parte de un proyecto de investigación, recogido en el libro homónimo. Una obra excepcional que expone el trabajo de ilustradoras científicas botánicas desde el siglo XVII hasta la actualidad, rescatándolas del olvido.
Aprender a hablar con las plantas no es tarea fácil. Mi madre dice que si las hablas crecen más sanas. Me encantaría entender esa complicidad. Creo que es una virtud reservada para personas que no se dejan impresionar por las hojas lustrosas, sino que miran la raíz. En pandemia las plantas fueron sus confidentes, como lo fueron de Rosalía de Castro.

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