Nunca fueron nuestras casas, pero sí fueron nuestras todas las luchas. Maricarmen, la mujer que sufrió el desahucio hace unos días en Madrid y que desembocó en una movilización social sin precedentes en defensa del derecho a una vivienda digna también fue víctima de una ley machista. Todas las mujeres somos Maricarmen, porque hay más mujeres, sobre todo mayores, atravesadas por esta realidad, víctimas de una sociedad patriarcal, con reminiscencias de una legislación preconstitucional. Sois muy jóvenes y no sé si habéis oído hablar alguna vez de la 'Licencia marital', pero como siempre digo, para entender el presente y dar respuestas a lo que pasa en la actualidad hay que revisar la historia, y lo que nos ocurre a las mujeres no viene de la nada, tiene una raíz, casi siempre hundida en un contexto patriarcal.
Hasta el año 1975 las mujeres tenían que pedir permiso a los hombres (maridos, padres o hermanos) para absolutamente todo, sí, también para tener derecho a una vivienda. Maricarmen fue una víctima de esa medida, como tantas mujeres. Hemos leído varios artículos explicando esta situación, donde las mujeres casadas no podían firmar un contrato sin la autorización del marido. Y de aquellos barros, estos lodos. En este sentido, es revelador el artículo de la periodista Ana Bernal-Triviño, 'La huella de Franco en las mujeres', en el que nos advierte que "lo conquistado no es para siempre. Que cada derecho que retroceda hoy será una condena para el futuro. Por eso defender las leyes feministas no es ideología. Es pura supervivencia".
En el episodio de Juanlu Sánchez, 'Un tema al día', podéis ampliar la información de esta medida franquista: 'Licencia marital: la España de antes de ayer'. Así que cuando firméis un contrato de alquiler o una hipoteca pensad en las mujeres que lucharon para que esto fuera posible. Gracias a la lucha feminista hoy somos propietarias. Levantamos las llaves de nuestras casas con orgullo, liderando también un activismo a favor de la vivienda digna. Nos lo recuerda Efeminista, a través de unas declaraciones de la directora del documental '¿Dónde vamos vivir? Mujeres contra el desahucio': "El 90% de las asambleas estaban compuestas por mujeres, y eran ellas las que estaban en las puertas de las casas parando los desahucios".
Una casa es un refugio, un lugar donde vivir y sentirse a salvo. El hogar es el campo base para echar raíces, crecer en armonía y diseñar una red de cuidados. Una vivienda no es una estructura de ladrillos ordenados. La vivienda es dignidad y uno de los pilares del Estado de bienestar, un derecho fundamental (artículo 47 de la Constitución Española) y una medida de protección social. Y las mujeres son las que más sufren la crisis de la vivienda: mujeres mayores, migrantes, con cargas familiares, víctimas de violencia machista, viudas y familias monoparentales.
Necesito con urgencia visionar el documental de la directora Georgina Cisquella, '¿Dónde vamos a vivir?', porque los reportajes que he visto relacionados con este proyecto me han conmovido tanto que no dejo de pensar en todas las mujeres desahuciadas que luchan por su vida, por su familia, por su dignidad. Cuánta dignidad. La directora explica en las entrevistas cómo las mujeres son las que lideran los movimientos antidesahucio, creando redes y construyendo comunidad. Esta ola solidaria (sororidad) ayuda a afrontar las dificultades desde lo colectivo, visibilizando un problema social con múltiples ramificaciones, y elevando a político lo que creíamos personal.
El capitalismo expulsa a las personas y el feminismo las coloca en el centro. Por eso el derecho a la vivienda digna es una lucha feminista. Y no puedo dejar de pensar en Olga, la mujer de L’Hospitalet que se suicidó meses después de ser desahuciada o en Argentina, la mujer de 88 años de Asturias, víctima de violencia de género, con graves problemas de salud y con una orden de desahucio. Pienso en las mujeres vulnerables, cuya situación retrata magistralmente Juan Diego Botto en la película 'En los márgenes'. Pienso en la salud mental de todas estas mujeres, en las infinitas cargas imposibles de soportar, en no tener fuerzas para seguir luchando y en cómo las ha fallado el Estado de bienestar.

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