He dejado pasar el tiempo, el suficiente para pensar si escribía sobre ello o no, pero aquí estoy, escribiendo sobre ello. He tomado la decisión de reflexionar sobre muchas cosas, porque detrás de las palabras ofensivas del partido de extrema derecha en plena campaña electoral, calificando a mi barrio de "estercolero" se esconde un odio hacia una comunidad, la mía, la nuestra, la de nuestras familias, la de nuestro legado, que ataca directamente a la dignidad de un barrio obrero, una condición que escuece a un grupo político de dudosa credibilidad a lo que a la práctica del trabajo se refiere.
En mi barrio, Santa Catalina, de Aranda de Duero, el trabajo ha sido una de sus señas de identidad. Mi barrio, el nuestro, el de nuestras familias, ha sido y sigue siendo el corazón de una clase trabajadora que siempre ha defendido los derechos humanos y el Estado de Bienestar, para que nosotras y nosotros, hijos e hijas de la migración rural tuviéramos oportunidades y capacidad de forjarnos una carrera profesional. Un futuro que nuestras madres y padres grabaron a fuego en cada madrugón, en cada sacrifio, en cada jornada laboral, en cada lucha.
La generación que parieron nuestras madres ha estudiado gracias al esfuerzo de una clase trabajadora que desarrolló una dignidad tremenda atrevesada por esos derechos, como la sanidad y la educación, y que ahora, después de tanta lucha y superación, contemplan orgullosas cómo hemos construido nuestra trayectoria profesional, viendo como un logro el futuro que labraron para su descendencia. Nos podemos dar la mano todos y todas, hijos y hijas del barrio, porque hablo en nombre de toda mi generación, que de alguna manera conecta con las actuales, con el inevitable y hermoso paso del tiempo. Las sociedades cambian, nos movemos en un mundo global y diverso, y en este contexto tenemos que convivir y seguir luchando por los derechos fundamentales, porque es la única salida que garantiza la igualdad de oportunidades.
No consiento que una panda con casos de corrupción a sus espaldas y con menos vida laboral que una ameba venga a insultarnos y a inocular odio a un barrio que abre las persianas todos los días, que precisamente sigue vivo gracias a las personas migrantes, como también lo fueron nuestros padres y madres, recién llegadas del campo. No lo consiento. Y más tristeza me dan aquellas personas que compran esta sarta de bobadas, mentiras y bulos. El cinismo que destilan sus gestos y sus discursos deben caer en saco roto, porque su único propósito es destruir. El barrio no se toca, y menos unas manos que lo único que desean es enfrentarnos y debilitarnos como sociedad.
Que sean bienvenidas las ideas que hagan del barrio un lugar más amable y con mejores servicios, con infraestructuras y viviendas dignas y asequibles. Que la voluntad política sea la de romper barreras e impulsar medidas que aporten bienestar a la ciudadanía. Para hablar de nuestro barrio hay que conocerle, pasear por sus calles, recrearse en sus murales, que son un alegato y una reivindicación de la memoria y los valores de nuestro barrio; charlar con comerciantes, vecinos y vecinas, visitar los espacios públicos y escuchar a las asociaciones.
Cuando acompaño a mi madre a comprar el pan no puedo evitar leer en la puerta de la panadería un texto que define el barrio de una manera muy honesta. Comparto alguna de sus frases: "Santa Catalina es un barrio multicultural que fomenta la integración de cualquier persona. Es tranquilo, y existe un gran acercamiento entre la gente, nos entendemos y nos llevamos muy bien. ¡Es lo que más nos gusta! Es el más populoso de Aranda, con 7.000 habitantes y se formó con el ingenio y trabajo personal de los vecinos. Era y es un barrio obrero, con numerosos servicios que a veces, no valoramos".
Mi madre y otras mujeres, voluntarias como ella en diferentes entidades, sostienen la red social del barrio para no dejar a nadie atrás. La fuerza de la solidaridad remienda todos los boquetes que deja el individualismo. Ellas se cuidan, ellas se acuerpan, ellas se hacen fuertes estando juntas. Ojalá su legado se convierta en nuestra hoja de ruta.
A mi padre el cuerpo le olía a goma cocida y a mí madre las manos a lejía. No me equivoco si os digo que en cada casa del barrio hay recuerdos parecidos. Los que nos insultan no conocen el significado de este olor, el de la conciencia de clase. Nuestras familias nos enseñaron a defender las raíces, a luchar por nuestros derechos, a denunciar las injusticias, a comprometernos, porque eso significaba poder mirar de frente.
Mi barrio es el refugio que me defiende de los pensamientos intrusivos. Recurro a él para que me consuele o me recuerde lo felices que fuimos. Mi barrio siempre ha sido un lugar resiliente, acogedor y con la fuerza del trabajo en la frente. A pesar del paso del tiempo conserva esa esencia, y me emociona y enorgullece ser testigo de sus mutaciones artísticas y sociales. Este barrio nos eligió porque sabía que nuestros pies pisaban tierra, y eso dice mucho de las personas que respetan su raíz.

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